Ismael Hever Artigas (AEPA)
Habrá un mañana
Para los que creemos en el amor fraterno y avanzamos luchando a favor de él y en contra de nada, para los que no nos dejamos recortar las alas del alma frente a ningún aparato, sabiendo (sin matar al mensajero) que habrá un mañana con otra manera de pensar. Y sufrimos con ojos de madres africanas que ven sus niños números tirados a una fosa común.
Y nos golpea el corazón el pelo de una niña que serpentea en los escombros de una escuela derrumbada por un “daño colateral” y el aleteo de las hojas de su cuaderno nos da aire de amanecer que hay que despertar amando y concientizando al prójimo que tengan más a mano.
Quieren oscurecer el sentimiento humano
Acostumbrándonos con noticias repetidas;
En un mar de sangre “así está el mundo”
“así está el hombre” “así es la vida”.
Sometidos a navegar en ese mar
Van masificados uniformados consumistas
Sin saber a dónde, ni cómo será el viaje
Sin estrellas, ni playas a la vista.
Vemos pasar a diario caravanas de sombras
Sostienen tan solo trozos de claridad
Con líderes sutiles, que en arteras maniobras
Los van dejando a espaldas de la luz y verdad;
Pero antes que la noche se enrede en esas almas
Vamos a hacer un alto para la reflexión
De una chispa certera que demos a un hermano
El prenderá la antorcha que hay en un corazón
Demos aquel abrazo de amor, de tolerancia
Luchando todos juntos sin discriminación
Si el hombre se propone amar como un poeta
Será fuerza invencible, no habrá limitación.
Romperemos tinieblas llegaremos al alba
Que estamos forjando por una gran unión
Comencemos nosotros con aquel que esté al lado
Y habrá un mañana pleno, y un solo corazón.
Rudemar Antonio Blanco Oliva (AEPA)
Julito el travieso
Julito dejaba su cartera y la túnica tiradas en el terreno baldío próximo a su casa, y se iba al cine huyendo de la soledad. Se marchaba escuchando su Spica. Si alguien lo miraba hacía unos pasos de baile a ritmo de tango, continuando presuroso su itinerario. A mí aún me suena el bandoneón de Pichuco evocando el dolor humano, sumergiéndolo en alcohol para atenuar la pena. Y en la telaraña de ecos la poesía…“Cerrame el ventanal que arrastra el sol/ su lento caracol de sueño…/ ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!/ La vida es una herida absurda/ y es todo tan fugaz/ que es una curda, ¡nada más!/ mi confesión…
Julito se fugaba de la realidad en el cine o deambulando sin un propósito duradero; como los pájaros sobrevolaba en un mundo irrestrictamente autónomo. El cine continuado incluía cuatro películas. Inmerso en sus personajes protagonizaba una maratónica vida de fantásticas aventuras. Levitaba entre piratas, detectives, ladrones, soldados, vaqueros, superhombres, aventureros de la ciudad, de la jungla o de las profundidades del espacio. Se embriagaba en la ficción, y sin pausa navegaba de utopía en utopía. Sugestionado compartía la delirante omnipotencia del héroe que no tiene límites. La distancia entre la fantasía y la realidad se estrechaban cada día más en su mente de niño. A su madrastra las tareas la tenían alejada, tampoco era frecuente verlo junto a su padre.
Con Julio yo había tenido una relación muy superficial, él era una ráfaga de viento que transitaba sin detenerse. Uno de aquellos días me sorprendió un disparo y pronto lo vi aparecer corriendo, se debatía gritándole a su caballo Silver encarnado por su pequeño perro.
Con el antifaz del Llanero Solitario empuñando un revolver me ordenó:
—¡Arriba las manos, canalla! —dudó y agregó— ¡O te tiro!
Resolví colaborar y alcé las manos. Advertí que tenía todos sus sentidos puestos en mí, estaba cargado de agresividad irresponsable. A su orden de “¡Quieto o disparo!” opté por atender sus exigencias.
—¡Escapó por aquel lado compañero! —le sugerí con gestos de complicidad. Se detuvo y dejó de apuntarme, ordenándome: “¡Tú vigila acá Toro!” para al grito de “¡Jaiooo Silver!” proseguir, cuan el Quijote, desfaciendo los entuertos que poblaban su mente infantil. Seguramente tras de nuevos enemigos, los que sin dudas no eran los suyos.
Un día me acompañó a la cancha de Huracán Buceo a jugar un partido de fútbol. Sin éxito pretendí anotarlo para que fuera a practicar. Su ansiedad no lo dejó permanecer allí mucho tiempo, el cine no estaba muy lejos y, con desazón, pronto lo vi perderse por la calle Rivera. Los personajes de ficción, sus ídolos, eran esclavos de los guionistas, y poco a poco también él, desde su predisposición, padecía de la alienante servidumbre.
Una sutil telaraña de estímulos sociales fue modelando su pensamiento, diseñando sus conductas. Había cumplido unos doce o trece años cuando caminó hasta Avenida Italia y Comercio, allí abordó un taxi y le pidió al conductor que lo llevara a la Cantera de los Presos. Era uno de los sitios donde se arrojaba basura por parte del Municipio. En su cerebro confluyeron enredadas y contradictorias motivaciones. De pronto extrajo el revólver, amenazó al taxista para asaltarlo y tronó un disparó anunciando la tempestad. El conductor cayó sobre el asiento, Julio, decidido, se ubicó al volante y condujo el taxi por varias cuadras hasta que lo abandonó con el hombre muerto. Las investigaciones se orientaron en diversas direcciones, nadie pensó en un niño. Por algunos días la tragedia estuvo en la tapa de los diarios. No existían antecedentes tan extremos de homicida infantil. ¿Quién podría sospecharlo? La indagación alertó a una vecina de la zona, aquel día se había sorprendido al ver pasar a Julio conduciendo un taxímetro. Pronto lo asoció con el asalto y la muerte del conductor. Del dato aportado por la testigo a la detención, sólo transcurrieron muy pocas horas.
Vi que se lo llevaban, ¡pagaba muy caro lo que no le dimos! Pensé en el “libre albedrio”, frío pretexto para descargarnos de la responsabilidad que nos cabía en su educación. Venía con la radio en la mano, los policías no habían resuelto silenciarla. Julio, como uno de sus héroes, con gravedad e irresponsable indolencia se dio vuelta y se despidió de mí:
—¡Chau, nos vemos, cuídate!
Antes de entrar en el patrullero me advirtió: “¡Escucha!”, —y su voz se entrelazó con la música de “La comparsita”—. Es el tango que te gusta a vos y a mi padre”.
Del interior del patrullero se fugó la voz doliente de cantautor Julio Sosa, recitando su poesía amalgamada con los compases del célebre tango: “…porque vi el desfile de las inclemencias con mis pobres ojos llorosos y abiertos/ Y en la triste pieza de mis buenos viejos cantó la pobreza su canción de invierno/Y yo me hice en tangos/ Me fui modelando en barro, en miseria, en las amarguras que da la pobreza/ En llantos de madre, en la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene/…”
El patrullero estaba ya rodando la calle Pérez Gomar, y aún la música y la voz inundaban sin piedad, más y más, nuestra sensibilidad: “…porque quise mucho, y no me han querido/ Por eso, canto, tan triste... ¡Por eso!…”
Cada día mejor.Felicitaciones.Rosana-
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