Wilson Javier Cardozo
Creo, como ya lo dijera en alguna oportunidad José Pedro Barrán, que el relato histórico puede hacerle recuperar al pasado su indeterminación, su incertidumbre, aquella materia que lo vuelve a un estado presente, indefinido, cuando solo era virtualidad de posibilidades.
Relatos históricos, con sus singularidades, son estas “Memorias de José Gervasio Artigas”. Relatos escritos a dos voces, o desde dos generaciones, la de Rudemar y la de Ernesto.
Tan habituados estamos al predominio de una visión histórica que siempre nos ha mostrado los hechos encadenados inevitablemente al juego del poder y sus sentidos, que este tipo de narraciones cumple una importantísima función de advertencia sobre los sentidos diversos que los hombres concretos dan a sus vidas. Piensen, por un momento, en qué significaba, para un hombre de 50 años (hace 200) dedicarse a la revolución armada, social, política, y de qué forma, que eso hizo Artigas.
A priori, con todo lo que se ha escrito sobre el prócer oriental, a favor y en contra, uno podría pensar que nada más era factible. Pero aparecen estos relatos, entretejidos con la historia personal de los autores, recuperados de la memoria y de la palabra de mucha gente sin voz (o sin palabra escrita).
Tengo el prejuicio de considerar que la mayoría de las veces en el detalle está la percepción del todo, en la parte puede encontrarse la sugerencia del resto.
Así que, precisamente, lo que primero capté del texto fue la presencia abrumadora de uno de sus detalles, el caballo. El caballo como elemento clave de una época convulsa (“Caballo y perro son las dos armas sin las cuales no debieras salir al campo” anota Rudemar), pero también como elemento referente del afecto de las personas. Con una variedad de denominaciones, de finas descripciones, de aguda observación. En uno de estos relatos, en poco más de media página, se evidencia todo ese potencial en artilugios descriptivos muy bien condensados. Es un momento de solidez textual. Y es la muestra de cuánto aporta al ambiente la calidad de una descripción acertada.
“La monja, Rocinante y el Barcino” tiene como epígrafe un comentario fechado a mediados del siglo pasado de una bisnieta de Artigas. Según ese comentario, Artigas habría tenido un caballo al que llamó Rocinante. Esta sola circunstancia inunda de intertextualidad al relato, lo relaciona (sin más) con el otro caballo, con el otro jinete, gigantes referencias de la cultura, el Rocinante, el Quijote. “Rocinante, escribe Cervantes, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo". Sabemos cuánto supuso de salvación, de rescate de olvido, para siempre, de ese caballo escuálido insignificante que el Quijote nombró tan especialmente. En el relato de Blanco, el héroe resulta salvo por Rocinante. Este excepcional juego de espejos deformantes que supone mezclar uno y otro texto, el de este relato con ese otro de la cultura general, evidencia que la escritura misma de la historia es ficción, porque la ficción y sus leyes conviven y minan la memoria que intente narrar una versión histórica aséptica, científica, desligada de los planos de la fantasía o la imaginación.
En “Ajedrez entre Artigas y Félix de Azara”, se narra una partida de ajedrez que claramente pierde Artigas por apoyar su estrategia en el uso de una pieza como el caballo. Cuando Félix de Azara trata de explicarle en qué consistió su error, Artigas le dice: “Creo que la caballería y los soldados son las piezas más importantes para lograr un ataque rápido y decisivo (…) sin saber, aclara, en aquel entonces hasta qué punto mis victorias futuras en el terreno militar serían un reflejo de estas afirmaciones”. No puedo dejar de relacionar esta situación con el excepcional poema de José María Cano “El peón del rey de negras”, donde afirma: “cuando se es peón, la única salida es la revolución”.
En la introducción de la segunda parte de Las memorias…, Rudemar pinta una situación de su adolescencia que considero hace hincapié nuevamente en aquello que había señalado al inicio: los sentidos diversos que los hombres concretos dan a sus vidas. Mientras pasa revista a los sobrenombres que recibía cada quien en su pueblo natal, aparece un individuo al que él mismo puso por sobrenombre “el novelista”. Ahora bien, la forma en que describe el comportamiento del novelista para elegir un asunto, para narrarlo, para aproximar a quienes lo escuchaban a la historia novelada intuyo que fue el modelo que Rudemar ha buscado emular en estas Memorias…: “Únicamente los ojos y los gestos del novelista estaban allí. Debió ser testigo presencial de los hechos, pertenecer al tiempo y lugar donde la vida fluyó de ese modo. El relato era diáfano, el lenguaje ajustado a los personajes y los sucesos acontecían sin obstáculos. Podíamos seguirle como si nos llevara de la mano. Nos mostraba el devenir histórico brotado de la vida misma. (…) Se ingeniaba para contarnos las cosas utilizando nuestra peculiar manera de captar esa realidad.” Juzguen ustedes, como lectores inteligentes, cuánto se aproximó al modelo, en este esfuerzo creativo, este autor dual, Blanco y Blanco.
*Con motivo de la presentación de
Las memorias de José Gervasio Artigas
de Rudemar Blanco y Ernesto Blanco
(e.a.Multi.Universo, 2013)
realizada en Pando, 23/5/2014.
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