Delma López
La Flor Negra
Los alumnos de tercer año están ansiosos e inquietos; los profesores ultiman los detalles para iniciar la actividad planificada para esa mañana.
Es la primera salida de campo, de los estudiantes y sus docentes al casco de la hacienda; saben que la vegetación del predio se caracteriza por la existencia de especies aborígenes y que todos los catorce de julio, muy temprano, se puede apreciar por un lapso brevísimo, una flor, muy oscura, de cuyos pétalos emana abundante líquido cristalino. ¡Por fin la van a ver!, y tal vez tocar, especulan.
Está amaneciendo, el grupo emprende su caminata, su meta se encuentra a unos tres quilómetros del centro de la localidad, tiene la certeza que va a disfrutar de una jornada didáctica y recreativa.
Los jóvenes avanzan alegremente, los mayores, atentos, van tras ellos; llegan antes de lo calculado. La mayoría de los adolescentes, en alguna ocasión e impulsado por otros motivos, ha ingresado al lugar, pero no le ha prestado mucha atención. Ahora, todos tienen otras inquietudes e intereses…Inician el recorrido del gran predio, observan, recogen “yuyos”..., los profesores orientan y comparten información; clasifican las plantas extrañas, señalan las características del suelo, el rol económico y social de las estancias…; todos buscan intensamente la flor, pero no la encuentran. Descansan, comparten refrescos y golosinas; intercambian miradas; se toman de las manos; juegan; esperan…
Las horas avanzan rápidamente.
—Los comentarios, sobre la flor ¿serán verdaderos? -cuestiona uno de los alumnos.
—No te impacientes –comenta otro
—Preferible estar aquí, y no en clase – agrega un tercero.
Ríen, y algunos hablan en voz baja, para que los profesores no los escuchen.
Un estudiante negro se aparta, y súbitamente comienza a caminar velozmente, casi corriendo, un profesor le pide que no se aleje.
—Regresa –ruega otro.
—¿Qué te pasa; qué te hicimos? -le grita un compañero.
Él no escucha, no sabe a dónde se dirige, se estremece…, lo guía un llamado interior., ¿quizás “ancestral”…?
Continúa su marcha…, el suave sonido y leve movimiento de una planta atraen su atención…; se detiene asombrado por lo que ve…, lo sabe, “es ella”, paralizado, la contempla y observa como comienza a lagrimear y a emerger, esclava del receptáculo que la aprisiona, luchando para obtener su libertad…
La flor negra lloró.
Stella Masullo
La Portera
Allí parado, apoyado sobre el poste al que se sujeta la portera ahora abierta, mira sin ver tal vez. Está de espaldas.
A lo mejor, su mirada al horizonte llega hacia el futuro, próximo o lejano. Quién sabe.
Muy cerca en el campo pacen unas cuantas reses, esperando la hora del ordeñe. El permanece quieto, integrado al paisaje, conformándolo. Se mimetiza en él. En la aparente quietud de la tardecita, no se escucha más que el mugido de alguna vaca o el ladrido de los perros de las casas cercanas. Sin embargo, sabe que nada está quieto, su amor por la tierra y en especial por eso le permite percatarse del crecimiento casi imperceptible de la pradera, del brote minúsculo del maíz, pujando para quebrar el terrón agrietado y reseco. El campo se le parece. También él en su aparente inmovilidad se activa hacia adentro.
Pasan por su cabeza los acontecimientos del día que va dejando atrás sus horas de luz para sumergirse en la magia de la noche. En su mente los procesa, separando los que ya no le serán útiles de aquellos que tendrán cierta continuidad mañana.
Tan absorto se encuentra, que la noche lo sorprende aún apoyado en el tronco de la portera. El aroma a pasto y a tierra seca lo invade completamente. Todo ahora se ilumina gracias a la enorme luna y las innumerables estrellas que, en el campo brillan más que en ningún otro lugar.
Pasa el rato y todo sigue igual, como si viera la misma foto una y otra vez, hasta que una brisa suave va aumentando su fuerza y se la oye silbar. El rítmico compás de su pulso aunado a ese silbido y al latir de la tierra compone una melodía magnífica, inigualable a nada, simple e irrepetible, aún en su cotidianidad. Entonces, abandona su quietud y ve hacia el cielo.
La luna está vistiéndose con gasas blancas y aparecen pesadas nubes arropando algunas estrellas. El aroma del campo ha cambiado. Se siente más fuerte el perfume de la tierra, en algún lado ya mojada, mezclado con el olor penetrante del estiércol. Su Pampero relincha como anunciando la tormenta que se acerca.
Tranca la portera con parsimonia. Pega la vuelta y regresa sobre sus pasos, mientras de su pecho escapa un profundo suspiro aliviado.
Nair Montero
El Camino
Con el sol desperezándose en mi cara, ojos de mariposa, sentidos despiertos, pocos años, comienzo a caminar.
Sabiéndose esperado, el primero que sale a mi encuentro es el Amor desplegando ante mí, su abanico de delicias, y tendiéndome su mano derecha, me deja sentir su tibieza. Me envuelve, me arrulla, me ciega, y en tanto yo busco su mano izquierda, él la esconde, la retira, huye por esa mano, veleidosamente, me reta a seguirlo, mientras desaparece y retorna a su antojo, hasta quebrarme.
Respiro, y retomo el camino, poniéndome en guardia, al divisar El Dolor, asomándose y esperando como un pulpo de infinitos tentáculos; comienza a extenderlos, y La Pérdida me golpea el rostro, lloro, titubeo, y resisto, entonces La Angustia me oprime la garganta, me impide respirar, cuento hasta diez, y la aparto, aunque duele en el cuello su aureola morada. Ya La Tristeza se alarga y comienza a enroscarse en mi cuerpo. Enredadera tenaz, callada, peligrosa, me absorbe, mis rodillas se doblan, pero en un último instante de conciencia, logro tomarla de un extremo y quitarla de un tirón.
Pienso que ya pasó todo, pero arremetiendo con las alas desplegadas, La Traición comienza su peregrinar, corta desgarra y penetra dibujando un hueco negro y profundo. Mis fuerzas se acaban y caigo, escurriéndome de su furia, me cree muerta y se aleja triunfante. Instintivamente miro el hueco y busco con qué restañarlo. Todo sirve. Busco en el suelo pasto seco, recuerdos, pasto verde, amigos y una estrella que descolgándose del cielo, cae en mi palma.
La acerco a mi herida, y la aprieto con mi mano abierta. Me incorporo y advierto el contrasentido: estoy más fuerte que antes, mi cuerpo cambió de consistencia.
En un recodo del camino, El Tiempo, como un depredador implacable, acecha.
Miro para otro lado para no verlo, pero sin mi permiso, trepa a mis hombros y se queda allí.
Todavía no puedo retirar mi mano del hueco para luchar con él, disfruta de mi impotencia, pesa, y con los ojos vencedores clavados en mi nuca, enlentece mi paso….
Mágicamente La Fe se cruza ante nosotros, y susurrándome en el oído, me insta a acompañarla. Solamente por un momento miro atrás, y me decido a seguir su milagro, y como premio a mi coraje, La Voluntad me regala sus brazos azules. Agradecida, la estrecha muy fuerte contra mí, sacudo el Tiempo de mi espalda que se queda azorado, mirándome desde el piso.
Retiro del hueco mi mano y la estrella sanadora. Solamente queda una cicatriz oscura. Mis pasos se aligeran nuevamente, y cuando el conciliábulo infernal se reúne nuevamente La Fe y La Voluntad, despejan el camino…
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