Mymo
De campo y música
La nebulosa del resuello de las bestias fatigadas por el poder del hombre y su mandato, es un vapor caliente agregado al bochornoso sol que aturde con su amplitud caliente. En los pentagramas lineados en negro, que pone al descubierto la entraña viva de la tierra, de donde surgen las lombrices y los gusanos a llamar con su desordenado culebreo a los pájaros que aterrizan con los picos alerta y luego vuelven a levantarse en olas de vuelo y en mezcla de trinos y colores, digna protesta al día que avanza, mientras el viento pesadamente se convierte en brisa tenue, tan inaudible, que ya ni acompañan sus acordes perdidos en largos silencios.
El hombre va creando instancias, mientras su mente conectada al alma siente clavarse como saetas miles de acordes, ráfagas de cantos y de silbidos; algunos afloran como distraídos desde su garganta reseca y de sus labios terrosos y endurecidos.
Mientras camino por el sendero miro el monte de frutales. Si me detengo aprecio líneas perfectas, filas de copas ordenadas, iguales, con puntos de colores, pero cuando camino se disgregan, se superponen, son el paisaje rápido de una película, o el moverse de las nubes arreadas por el viento de los cielos. El misterio sugiere que al cerrar los ojos al amparo fresco de un naranjo perciba su sabor al beber su sombra. “como la sangre y el vino”. Pero más todavía al escuchar un concierto de guitarras destempladas en el canto alborotado de una bandada de teros. Más es aún abrir los ojos y ver un inmenso malón de panaderos transformado en un ejército angelical que viene a rescatarme.
Yo no sé por qué, pero como por un imán ellos y mi cuerpo se unen con firmeza, hasta que siento que vuelo con ellos y que una sinfonía nos guía por sobre las cañadas, las praderas, las colinas y hasta el monte más alto y las serranías.
Un perfume interno de pétalos desconocidos. Barbarie musical que despabila la llama inconsciente y le da fuerza y me despierta; entonces el bochorno de la siesta que secuestra todos los sonidos no es obstáculo para que en un abrir y cerrar de ojos, el campo vuelva con su gran orquesta de vida propia y única a devolverme las razones en un contrapunto de masas sonoras. Con las manos sostengo fuerte mis hombros, en un abrazo que estrecha cada una de las notas por los momentos de creación que dan vida en la melodía elegida por la diáfana y eterna magia de la humanidad. Abrazo fraternal de la música al alma.
Siento de la naturaleza un gesto imperativo, muy imperativo. Ella sabe que domina mi voluntad, que toca todos mis contactos obedientes con su mandato, y me empuja como a un esclavo, y eso soy. Me inclino a sus pies suaves y perfumados y sumisa quito lo impuro y dejo sólo lo amado y libre, por eso el arte.
Soy el Ángel que lava los pies de sus discípulos, para salvar la aventurada creación de la fuerza de la soberbia. Limpio con la pureza de la música, la sensible y dolorida piel de mis poemas, para decirle a la humanidad que la amo.
Cada clavo en mis manos es una nota impuesta por el mundo y cada gota de sangre una poesía.
Varios pentagramas me quedan por llenar. Varias melgas del campo por arar, en los bochornos de las siestas y en los infiernos de los temporales.
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