Roberto Pérez Ramos
La Barca
Al atardecer bajé a la costa.
En la cima había estado meditando desde hacía ya mucho tiempo.
El silencio convocaba a buscar en ese infinito camino entre el horizonte y la orilla. La calma era absoluta, las olas rompían contra las rocas unas, y otras lamían la orilla arenosa reflejando la remota claridad del ocaso.
Él estaba lejos, siempre misterioso e inmaterial y una luna llena absoluta sobre la naturaleza y sobre la vida se levantó del mar trazando en las aguas un sendero de luz tenue y mágico que prometía en su fin, un cáliz promisorio revelador de una verdad a quien pudiera ser digno de atravesar la inmensidad. Esa pequeña e infinita distancia entre el espacio y el tiempo.
Ella estaba allí, como siempre, sobre tierra firme aferrada a la costa meciéndose con la vela desplegada al son de la brisa. Mi espíritu siempre se nutrió de las dudas que inspiraban respuestas esclarecedoras, de nuevo, mi amante de siempre, me arrastró con su mano caliente y temblorosa hacia la senda de la verdad reveladora.
Partimos. Su vela reflejaba la claridad de la princesa celeste y un soberbio instante de duda reinó sobre mi espíritu. En la arena de la costa aún perduraba el calor del sol...
Pasaron pedazos de tiempo, esas cosas del ser, pronto el alba del nuevo día se anunció sobre el horizonte y desperté… la eternidad fugaz me embebió en el espantoso pasmo de la existencia, besé mis labios solitarios y en ese momento ví, regresando sola a la costa, la barca...
Carlos Taran
Con una de sus manos en el bolsillo del abrigo, acariciaba el objeto que desde ayer, allí guardaba.
Lo habían elegido con su hermano y comprado para juntos dárselo hoy a su madre.
La subieron al primer coche profundamente shockeada.
Durante el trayecto y ante la irreversibilidad del hecho, se preguntó de qué manera podría llegar el regalo a destino. Sabía que ella no sería capaz de dárselo.
No pudo evitar pensar en el muchachito que le pegó el tiro a Dionisio. Se le ocurrió que posiblemente también tuviera una madre a quien regalar.
Al llegar al cementerio la realidad se hizo real. Lo sepultaban en tierra.
Mientras los sepultureros hacían su tarea, tomó un terrón húmedo y frío, lo amasó un poco, puso el prendedor dentro y lo dejó caer sobre el cajón.
—Vos eras el mimoso de ella —susurró—, así que cuando se encuentren, se lo das.
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