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“En algún lugar del libro hay una frase esperándonos para darle sentido a la existencia"


Miguel de cervantes

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domingo, 25 de mayo de 2014

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Nelson Guerra


DE PRÍNCIPES AZULES


Nosotros, los pedestres de sangre color tannat. 

Nosotros, los multiformes pero reconocibles hombres de la calle; los que volvemos siempre a casa, y no a Palacio, los que sabemos elegir la carne para el asado entre amigos, los que tenemos una camiseta futbolera tatuada en el reverso de la piel, los que sabemos jugar al truco, los que sentimos que no somos quienes para dar consejos, pero educamos hijos; los que hemos vivido una historia, y sabemos de dulces nostalgias, los de los sueldos recortados en sufrido homenaje a la onda consumista.
Los que tenemos un sueño, una utopía, y un delicado, tembloroso optimismo, cuajado de rocío como las calagualas de nuestros simples jardines-
Nosotros, no somos ni seremos jamás Príncipes Azules.

Podemos ser poetas, letristas de murga, entrenadores de baby fútbol, pescadores dominicales, pintores aficionados, estentóreos tenores de cuarto baño, componedores de cualquier cosa, desde instalaciones sanitarias a electrodomésticos seriados en China. Pero no dominamos ni dominaremos jamás, la estricta etiqueta que rige la vida de un Príncipe Azul.
Podemos, por hacer la prueba, comer ancas de rana, pero jamás besar en la boca a esos viscosos animalitos.
No podemos poner nuestras capas de terciopelo sobre un charco, al paso de nuestra Señora, porque no usamos capas. No pegan con el overall. Ni tenemos un alado caballo, blanco como la nieve, porque la inmobiliaria no nos permite meter dicha mascota en el apartamentito que nos alquila.

Nosotros, los no-príncipes, los descoloridos, después de algún divorcio, de alguna pena, de varias soledades, no estamos en las miras de las amazonas que rastrillan todas las selvas de nuestra civilización en busca del mítico Príncipe Azul.

Eso sí, aún bailamos, si la situación y la compañera lo amerita, y no solamente el famoso vals de Tchaikovsky, y no tenemos tarjeta de crédito dorada, pero si lo suficiente como para los dos cafés junto al ventanal, en las lluviosas tardes de las confidencias y las manos dadas.

Entendemos el significado de las violetas en las tardes azules del invierno, de las rosas en primavera, y de los jazmines, en las hoy ya agridulces navidades.
Y como nos tocó crecer, y mucho, si bien por imperio del tiempo somos generalmente huérfanos, no somos ni desprotegidos, ni protectores. Aprendimos a ser compañeros.

Ni lacayos arrastrados, ni patrones inexorables.
Ni sabelotodos, ni sordos, ni casanovas, ni profesores de moral, ni jueces…

Aún así, tenemos como destino el ser los fugaces visitantes de los vivacs de las cazadoras de Príncipes Azules. Cuando ellas retornan a sus objetivos, nos quedamos con un rescoldo de ternura, acumulamos un adiós más. Nos queda un número en el celular, al que no volveremos a llamar, pero no lo borraremos, por las dudas.

Ingresaremos a la sempiterna rutina, a preparar el mate en el vasito chico, total, para uno solo, no vale la pena llenar el porongo del cimarrón compartido.

Me dan pena los perseguidos Príncipes Azules.
Si llegan a ver a alguno, pobrecito, escondido tras algunas matas de fantásticos bosques, en la tierra de los dragones. Temblando, cuando escucha los cercanos ladridos de los dogos que sueltan las cazadoras en su rastro,  pueden darle mi dirección.

Si viene a mi casa, estará seguro.
Acá nunca vienen ellas.

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